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Ganar, perder o empatar: la inevitable batalla entre libertarios y peronistas por el resultado final de las elecciones bonaerenses
Los comicios de hoy tendrán un desenlace y múltiples interpretaciones. La mirada de tres expertos sobre el sentido que buscará darle cada sector a los datos oficiales
Las excepcionales elecciones de este domingo en la provincia de Buenos Aires -las primeras desdobladas- plantearán un desafío adicional para las principales coaliciones que compiten en el centro de gravedad de la política argentina: tanto el oficialismo de La Libertad Avanza, como el peronismo de Fuerza Patria enfrentarán una disputa por la narrativa y la explicación de los resultados.
En esta jornada, que se prevé larga y no exenta de controversias, más que el recuento de votos y bancas y seccionales, la verdadera batalla se dará en el campo de las interpretaciones. Quien logre imponer su relato sobre qué significa “ganar” o “perder” saldrá mejor posicionado de cara al próximo round en las urnas, el 26 de octubre.
En diálogo con Infobae, Los consultores y analistas Sergio Berensztein, Lucas Romero y Celia Kleiman coincidieron en que los números en sí mismos serán apenas la mitad de la película. La otra mitad se jugará en el ring comunicacional, donde oficialismo y peronismo buscarán instalar lecturas divergentes sobre la magnitud del resultado.
El centro de cómputos de las elecciones de este domingo
Ganar perdiendo, perder ganando
Para Berensztein, la clave está en la diferencia. “Aun perdiendo, no tener una diferencia mayor a cinco puntos sería satisfactorio para el Gobierno”, sostuvo. Romero coincide: en un escenario de expectativas de derrota, cualquier resultado que luzca más ajustado puede ser leído como victoria. Kleiman aporta otra arista: “Si pierden por dos puntos en la provincia, implicaría un resultado relativamente bueno”.
El oficialismo nacional, que carga con una economía con claroscuros, divisiones internas y un prematuro desgaste de gestión, tiene un margen de maniobra discursivo más elástico: puede transformar la derrota en resistencia y la paridad en triunfo. El propio Milei alimentó esa lógica al hablar de “empate técnico”, moldeando la vara con la que será evaluado.
El caso del peronismo bonaerense es diferente. “La provincia es su principal bastión, su principal territorio”, alertó Kleiman. Por eso, para esa fuerza, ganar es indispensable: un triunfo ajustado puede mostrar debilidad, y una derrota sería un golpe devastador a su centralidad política.
Sin embargo, Berensztein recuerda que el peronismo en elecciones de medio término viene perdiendo hace 20 años y rara vez supera el 40% en el distrito. Una performance en torno al 35-36% estaría dentro de lo esperable, pero lo decisivo será si logra proyectar cohesión. “Un triunfo debería interpretarse con bemoles, sobre todo si los distintos sectores no festejan todos juntos, se pasan facturas y muestran disidencias”, afirmó.
Romero también marca el contraste: “El peronismo hoy necesita, sobre todo para que esto se traduzca en un tránsito victorioso hacia octubre, una diferencia significativa, fuera de los márgenes de error”. Es decir, ganar por al menos cuatro o cinco puntos, para evitar que la victoria se diluya en el ruido mediático.
El empate: terreno fértil para el relato
Aunque menos probable, un empate -con una diferencia inferior al 1%- abriría el escenario más disputado. “Ahí habrá una enorme batalla por la interpretación del resultado”, señala Romero. Cada bando apelaría a distintas métricas para mostrarse ganador: el Gobierno podría exhibir más secciones conquistadas en el interior, mientras que el peronismo subrayaría el peso legislativo de las secciones del conurbano, su traducción en bancas en la Legislatura y la posibilidad de volver al triunfo, tras dos décadas.
Kleiman anticipa que el oficialismo buscará capitalizar esa paridad como un signo de avance: “Si empatan, van a decir ‘estamos mejor que en 2023’”.
Más allá de la contabilidad electoral, el lunes será otro campo de disputa. Berensztein señaló que un resultado a favor del Gobierno -aun ajustados- podría generar euforia en los mercados, mientras que una derrota amplia lo empujaría a un clima de inestabilidad. Romero y Kleiman coincidieron en que las reacciones dependerán tanto del dato como de la brecha respecto de lo esperado.
En definitiva, lo que está en juego no es solo cuántas bancas suman o pierden Gobierno y peronismo. Lo decisivo será quién logre imponer un sentido sobre lo ocurrido: si el oficialismo consigue instalar que resistió en territorio hostil, o si el peronismo puede presentarse como invicto en su bastión histórico. La elección bonaerense será, entonces, un doble plebiscito: en las urnas y en la narrativa. Y en ambos terrenos, lo simbólico pesará tanto como lo numérico.
La mirada de Berensztein
El analista y consultor político Sergio Berensztein
Sergio Berensztein resaltó el peso del aparato y las estructuras permanentes del peronismo bonaerense, que podrían mostrarse decisivos para el resultado de este domingo. Para una elección de medio término, el consultor recordó que la performance de la coalición que este año se presenta con el sello Fuerza Patria osciló entre el 31% al 39, máximo 40%. “Al peronismo lo veo en ese umbral: entre 35 y 36% sería algo razonable”, aseguró.
“Al Gobierno, en principio, lo veía bien hasta hace un par de meses. Después, con los problemas económicos, con la difusión de los audios, más una negociación imperfecta con el Pro, por ponerlo de una manera elegante, una elección que la tenía ganada -porque el peronismo en las elecciones de mitad de mandato es bastante habitual que pierda- esta vez hay más chances de que el resultado sea parejo”.
De cara al duelo central entre el oficialismo nacional y el peronismo bonaerense, Berensztein afirmó que “la clave es entender la diferencia entre los votos que consigan los intendentes en sus distritos y los legisladores y senadores a nivel provincial”. “Si miramos el voto al legislador, no el voto de los intendentes, el gobierno nacional en la provincia debería aspirar a estar en una diferencia de hasta cinco puntos. Eso sería una elección muy razonable”.
“Para el Gobierno nacional, aun perdiendo, no tener una diferencia mayor a cinco puntos sería satisfactorio”, añadió el analista. Pero advierte sobre los matices internos de la coalición opositora: “Cualquier cosa que muestre un peronismo dividido, como está en la provincia, puede matizar el triunfo opositor. Sobre todo si no festejan todos juntos, si se pasan facturas. Aun un triunfo del peronismo debería interpretarse con bemoles”.
El análisis de Sergio Berensztein dejó en claro que, para comprender el impacto de las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires, es esencial mirar con atención a la historia electoral del peronismo y a los matices del escenario actual.
Para Sergio Berensztein, la verdadera medida del éxito o el fracaso en estas elecciones reside, además de la obvia diferencia de votos, en la lectura simbólica que se haga del resultado en la provincia de Buenos Aires. El consultor es categórico: “Aun perdiendo, no tener una diferencia mayor a cinco puntos” permitiría ver al Gobierno “muy satisfecho”.
Sin embargo, Berensztein avisa que la interpretación numérica puede quedar opacada por la puja del relato político, especialmente cuando se trata de disputar el significado real de una victoria o derrota. “Entre cinco y ocho puntos, es un resultado malo pero no muy negativo, aunque si se da esa diferencia, el Gobierno debería reflexionar. Más de ocho puntos, sería una derrota importante.”
Frente a la posibilidad de discutir la lectura del resultado —por bancas, por distritos, o por rendimiento seccional—, el analista considera que el interés se centrará más en lo simbólico y lo nacional que en los detalles técnicos: “Difícilmente eso sea muy relevante, porque ¿qué se va a mirar, si Kicillof puede o no tener presupuesto? Son temas más secundarios de la gestión o de lo interno de la provincia, que para lectura grande, sobre todo los mercados, pasan a un segundo plano”.
En este punto, Berensztein reiteró la importancia de no sobredimensionar las internas: “Cualquier cosa que muestre un peronismo dividido, como está en la provincia, puede matizar el triunfo. Sobre todo si no festejan todos juntos, si se pasan facturas.”
Dentro del balance postelectoral, Sergio Berensztein puso el foco en una de las figuras centrales del tablero bonaerense: Axel Kicillof. Sin rodeos, destacó que la eventualidad de un triunfo opositor no necesariamente unifica ni empodera al espacio peronista. “Un triunfo de estas elecciones, en principio, favorecería a Kicillof, pero Kicillof es una figura, por ahora, bastante resistida en el peronismo”. Más aún, revela un dato relevante sobre el clima interno: “El peronismo se sentía más cómodo, curiosamente, con un Daniel Scioli, con un Sergio Massa o hasta con un Alberto Fernández, que con un Kicillof”.
Estas diferencias, advirtió Berensztein, pueden matizar los efectos del resultado y dejar al descubierto grietas donde, en otro contexto histórico, habría celebración unánime. “Sobre todo si no festejan todos juntos, si se pasan facturas. Un triunfo del peronismo debería interpretarse con bemoles”, insistió, poniendo el acento en el límite entre la victoria estadística y la cohesión real de la fuerza.
Por eso, Berensztein considera que la proyección hacia el futuro tampoco está garantizada, incluso con un ‘buen’ resultado: “Aun un triunfo del peronismo debería interpretarse con matices, teniendo en cuenta que esto no necesariamente le da competitividad de cara a 2027”.
La coyuntura económica y su efecto directo en el “lunes postelectoral” es otro punto crítico en la mirada de Sergio Berensztein. Su análisis mira más allá de los números puros para interpretar el clima de expectativas que rodea a los mercados y a los factores externos de poder. “El consenso es que un resultado bueno para La Libertad Avanza es una diferencia a favor de Fuerza Patria por debajo de los cinco puntos. De haber un triunfo, aunque sea por medio voto a favor de Milei, el lunes puede haber euforia en los mercados, pero es un escenario de baja probabilidad”, afirmó.
En esa clave, advirtió sobre la volatilidad de la opinión pública y la importancia del voto indeciso: “Hay mucho voto que puede cambiar”. Berensztein reconoce el peso simbólico que tendría —para los mercados y para la lectura internacional— que emergiera una sorpresa, pero recalca que el escenario base es aún de competencia cerrada y prudencia inversora.
Para Sergio Berensztein, la batalla no termina en las urnas: la disputa por el sentido del resultado será feroz. El consultor político observa que, en la última etapa, el Gobierno nacional ha perdido fuerza comunicacional: “Yo veía el Gobierno comunicacionalmente muy sólido hasta las internas. Cuando estallaron las internas, ahí claramente empezó a haber un desdibujamiento en mantener la ofensiva narrativa”.
Las recientes crisis, incluyendo el escándalo de los audios, profundizaron esa dificultad para controlar el relato. “Los últimos episodios, de los audios, me parece que ahí no hay grandes ventajas, pero tampoco veo grandes estrategias comunicacionales del lado de Kicillof, al contrario”, asegura Berensztein. Así, ni el oficialismo ni el referente bonaerense pueden capitalizar de manera nítida el debate público.
En este contexto tenso y de alta pulseada mediática, queda claro que el desenlace electoral no solo se jugará en el recuento de votos, sino también en la capacidad de narrar una historia convincente de triunfo o de derrota.
El cierre del diagnóstico de Sergio Berensztein apunta directamente a las consecuencias que tendrán estos comicios para el futuro político del país. Si bien los resultados del domingo pueden afectar la gobernabilidad y las estrategias inmediatas.
La proyección, entonces, no está asegurada ni para el oficialismo ni para la oposición, dado el carácter volátil del electorado y el desgaste de las principales figuras políticas. Berensztein subrayó la importancia de los gestos: las internas cruzadas en ambos sectores, los triunfos poco cohesionados y las peleas públicas pueden tener más peso en la conformación del futuro que los propios porcentajes.
La perspectiva de Lucas Romero
Lucas Romero analizó los resultados de las próoximas elecciones
“La interpretación de los resultados siempre está sujeta a las expectativas. Si se espera que ocurra algo y eso ocurre, el impacto es neutro. Pero somos 47 millones de argentinos y cada uno puede construir una expectativa distinta. Ahí se habla de las expectativas que hay construidas en el clima de opinión pública”, afirmó Lucas Romero, director de la consultora Synopsis, al analizar el clima previo a las elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires.
En diálogo con Infobae, detalló cómo se construye esa expectativa dominante y cómo termina influyendo tanto en la percepción social como en los mercados. “Hoy está construida una expectativa de una derrota corta del Gobierno, pero el complicó ese escenario fue el propio Milei, que dijo lo que iba a ocurrir. Se metió en un brete porque, al hablar de empate técnico, el propio presidente está construyendo una expectativa de resultado”.
Romero remarcó el juego de percepciones en la antesala de los comicios: “Cualquier cosa que sea diferente a un empate técnico, por lo bueno o por lo malo para el Gobierno, va a ser una desviación que va a producir efectos e impactos”. Para Romero, incluso los márgenes más mínimos podrían cambiar la narrativa: “Una victoria para el Gobierno es ganar por un voto. Hoy, por como está planteada la expectativa, una victoria para el Gobierno es ganar. Ganar por un voto sería un escenario positivo, sin dudarlo”.
El contexto previo a las elecciones legislativas en Buenos Aires está atravesado por un clima social de alta sensibilidad, donde la expectativa previa resulta tan decisiva como los propios números. Así lo explica Lucas Romero, quien sostiene que todo parte de un consenso mediático y social acerca de lo que se espera que suceda: “Esto responde y obedece a lo que las encuestas construyen expectativa. Y la expectativa es una derrota corta del Gobierno”.
Para Romero, las declaraciones de Milei en el acto de cierre de campaña en el partido bonaerense de Moreno “modificaron el marco de referencia”. En este escenario de disputa anticipada por el significado de los resultados, Romero reiteró que los movimientos sociales, políticos y económicos reaccionan menos al dato objetivo y más al contraste con lo esperado.
“Si la desviación es positiva y aparece el Gobierno ganando por la diferencia que sea, el impacto va a ser muy positivo, sobre todo porque la expectativa estaba en que el Gobierno podía perder”, afirma. Con igual contundencia, señala el costado riesgoso de la otra cara de la moneda: “Una desviación para el otro lado, es decir, una victoria de Fuerza Patria con un resultado largo de 5 o 6 puntos, va a ser negativo. Cuanto más largo, más negativo, y me imagino con impacto negativo, sobre todo en los mercados”.
La manera en que las expectativas se consolidan y manifiestan en el clima de opinión pública, según Romero, termina siendo uno de los factores más incidentes en la lectura posterior de los votos. “Lo positivo que el Gobierno tiene, considerando todo lo que le pasó para llegar hasta acá, construida más una expectativa de derrota que una victoria: si gana, va a ser un resultado muy bueno para el Gobierno”.
Entre las múltiples formas posibles de analizar los resultados electorales, Lucas Romero se muestra tajante. Para él, la única lectura válida y contundente es la sumatoria total de votos. “Acá hay una sola lectura: quién juntó más votos, no hay otra. No le busquemos la cuadratura del círculo porque esa es la forma en la que se entiende un resultado electoral”, sentencia el director de Synopsis.
Romero consideró que a pesar de la riqueza de matices técnicos –desde la distribución por secciones hasta la cantidad de bancas ganadas– el electorado y los medios tienden casi invariablemente a poner el foco en el dato más simple y masivo: “La mayoría va a tener una lectura agregada del global. La televisión el domingo a la noche no va a mostrar cómo está en la Primera Sección Electoral, cómo está en la Segunda. Todos van a mostrar el global”.
Esa simplificación responde, según el consultor, a la manera en que se procesa la información política en la Argentina. “La gente y los actores políticos y económicos no entienden de qué se trata cuando hablan de secciones electorales. Acá el resultado es el global, no va a ser otro”, enfatiza.
Para Romero, los esfuerzos posteriores de los distintos espacios políticos por resaltar victorias parciales en determinadas secciones o jurisdicciones pueden contribuir a matizar el impacto, pero difícilmente logren revertir la percepción general: “No va a ser un argumento que cuaje decir ‘gané en seis secciones de las ocho’. El Gobierno tiene la ventaja de que probablemente en las secciones del interior pueda haber triunfo de La Libertad Avanza en la gran mayoría. Las claves van a ser el resultado de las secciones Primera, la Tercera y la Octava. Pero no tengo duda de que acá el resultado que va a impactar, que va a leer, que la gente va a mirar y va a buscar es el resultado global, no hay otro”.
Así, en la visión de Romero, aun en los casos donde las batallas locales parecen favorecer a un espacio u otro, la narrativa nacional, guiada por el resultado global, termina imponiéndose en opinión pública y en el clima político.
Lo cierto es que en cada elección, el significado del resultado trasciende el número frío y se convierte en un terreno de disputa narrativa. Lucas Romero lo ilustra con un ejemplo concreto y reciente: “Va a haber una batalla por la interpretación del resultado. El mejor ejemplo de esto es la última elección que se dio en Salta, donde hubo una batalla fenomenal por la interpretación del resultado, porque a los libertarios les fue muy bien en Salta Capital y mostraban este resultado y el gobernador Gustavoo Saénz mostró que había ganado en todos los departamentos y que se llevó más senadores y más diputados”.
Este proceso, según Romero, no es exclusivo de Salta ni de una fuerza política: es parte del ADN competitivo argentino. “¿Va a ayudar eso a que el Gobierno, por ejemplo, pueda minimizar una derrota por dos puntos en el global porque muestre que ganó en siete de las ocho secciones? Si se da circunstancia, sí”, admite.
Romero describe que, si bien los partidos pueden buscar revertir la primera impresión poniendo en valor los triunfos seccionales, es difícil cambiar el pulso social: “El Gobierno lo va a hacer, va a tratar de amortiguar el impacto negativo de una derrota, si es derrota, para eventualmente mejorar sus chances de cara a octubre. ¿Qué es lo que más va a primar, qué es lo que más impacto va a generar? Es el resultado global”.
En definitiva, aunque reconoce la fertilidad de argumentos para cada bando y la posibilidad de batallas de interpretación, Romero resalta que “el resultado que va a impactar, que va a leer, que la gente va a mirar y va a buscar es el resultado global, no hay otro”.
El juego de las expectativas atraviesa de lleno las definiciones sobre qué significaría una victoria, una derrota o un empate para cada uno de los principales actores en estas elecciones de Buenos Aires. Lucas Romero es enfático al recalcar que todo depende del punto de partida de la narrativa preexistente.
En ese sentido, incluso un resultado ajustado podría ser leído como un gran logro para el oficialismo. Romero menciona cómo desde el propio Gobierno se modela el discurso y cita a Milei: “De hecho, Milei dice ‘empate técnico’. Quien te dice que está empatando habitualmente es porque va perdiendo. Quizás forme parte de la estrategia también de construir expectativa”.
El contraste con el peronismo es evidente. Según Romero, para ese sector ganar es necesario, pero no suficiente, pues una victoria demasiado estrecha le dejaría poco margen de maniobra discursiva y política: “El peronismo hoy necesita, sobre todo para que esto se traduzca en un tránsito victorioso hacia octubre, una diferencia que sea significativa, que esté fuera de los márgenes de error, que estamos hablando de más de 4 o 5 puntos”.
Por el contrario, una derrota del Gobierno por un margen importante sería el peor escenario: “La peligrosa derrota, es que esto sea por más de cuatro o cinco puntos. Y de ahí para adelante, más peligrosa aún”. Romero también advierte que para el peronismo perder por un voto “es la elección que define el poder de su territorialidad. El peronismo está más obligado a ganar esta que la elección del 26 de octubre”.
El empate, aunque poco probable, abriría el mayor terreno de disputa interpretativa, en donde lo simbólico y lo discursivo cobran protagonismo: “Ahí habrá una enorme batalla por la interpretación del resultado. El que empató y tiene más secciones dirá: ‘Bueno, empatamos, pero yo te gané más secciones’. Darán los argumentos... El peronismo tiene menos excusas, pero habrá una interpretación por el resultado si hay empate”.
A la hora de analizar los posibles desenlaces de la contienda, Lucas Romero destacó que las secciones electorales pueden convertirse en munición discursiva según cómo se dé el resultado global.
El oficialismo, por ejemplo, puede resaltar triunfos en el interior bonaerense o en un mayor número de secciones, mientras que el peronismo podría enfatizar su peso legislativo, particularmente por la importancia de las secciones del Gran Buenos Aires: “El peronismo podría, con el peso que tienen las secciones del Gran Buenos Aires, tener más legisladores”.
Al mismo tiempo, la disputa narrativa no es patrimonio de una sola fuerza: “El empate desde el lado del oficialismo, lo van a complementar con los resultados seccionales. El empate por el lado del peronismo podrían solucionarlo por el lado de la cantidad de legisladores”, observa Romero, sintetizando así el repertorio de justificaciones con que cada sector intentará capitalizar simbólicamente una victoria, una derrota o inclusive la ambigüedad de un empate.
El director de Synopsis destaca el valor casi performativo de la expectativa: cuanto más ajustada se perciba la disputa, más incentivo tiene el electorado para movilizarse. “En esto, Santiago Caputo lo piensa efectivamente así”, menciona Romero, subrayando que detrás de ese discurso público hay una lógica pensada para maximizar la participación, al hablar de un “empate técnico”, que favorece la idea de que el resultado depende de lo que haga cada elector.
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